Siete fragmentos

terror

[16/04/2021] Marta se cayó a un pozo

Este relato surge de un encuentro con mi club de escritura de Granada después de muchos meses sin vernos. Decidimos volver a organizar quedadas (por videoconferencia) y compartir de nuevo lo que escribíamos, para escuchar lo que escribía el resto y, a la vez, para motivarnos a escribir más. A mi pesar, propusieron escribir sobre el confinamiento. Era algo de lo que no tenía ningunas ganas de escribir. Así que busqué una pequeña treta para no hacerlo.

No me gusta escribir sobre mi vida. No me gusta nada escribir sobre mí o sobre cosas que me hayan pasado. Supongo que me parece aburrido, al ser todo algo que ya he vivido. Sí que me gusta llevar un diario, pero eso es más para gestionar mis pensamientos y emociones. No tiene casi nada que ver con la escritura. Así que para la tarea decidí cumplir, pero solo a medias. Escribí sobre algo que podría considerarse el confinamiento. O podría ser muchas otras cosas. Junté sensaciones y pensamientos que podrían haber surgido del confinamiento. O podrían haber surgido de otras situaciones. Creo que son un poco universales. O quizás solo es que me da algo de tranquilidad pensar que hay mucha otra gente compartiendo cosas similares. No sé. De cualquier modo, aquí podéis leer un relato que trata del confinamiento pero en verdad no. Espero que lo disfrutes <3


Marta se cayó a un pozo.

Era lo último que planeaba hacer ese día. De hecho, se había levantado temprano porque había quedado. Ella y sus amigos iban a ir a un lago precioso a pasar el día. Marta iba a llevar empanadillas rellenas. Estuvo casi dos horas cortando verduras, sofriendo, moldeando masa y horneando mientras miraba a través de la puerta de cristal asegurándose de que no se quemaban. Al terminar se vió obligada a probar una para asegurarse de que le habían salido bien. El hojaldre todavía caliente estaba crujiente y sedoso. Se deshacía en su boca mezclándose con el pisto sabroso y casi dulce. Se le saltaron un par de lágrimas. Habían quedado riquísimas. Mejor que ningunas otras que hubiera cocinado antes. Marta estaba impaciente por que el resto las probaran. Especialmente Lucía. Siempre se burlaba de que ninguno de sus recetas estaban a la altura de sus alitas de pollo al horno. Pero su reinado terminaba hoy. No había plato que pudiera combatir con estas milagrosas empanadillas. Las metió cuidadosamente en una fiambrera; cogió el bikini, la toalla y todo lo demás y se fue corriendo. Había salido con tiempo de sobra, así que tomó el camino que pasaba por las granjas de apicultores y sus prados de flores multicolores. El sol apenas estaba despuntando por el horizonte, una brisa cálida acariciaba sus cabellos. No podía dejar de sonreír. Las ganas que tenía de reencontrarse con sus amigas después de meses de ausencia se convertían en mariposas en su estómago. Desgraciadamente, Marta no pudo llegar al lago. No pudo besar y abrazar a sus amigas y amigos después de tanto tiempo. Porque Marta se cayó a un pozo.

No supo muy bien como fue, parece ser que tropezó con algo o que resbaló. Una cosa llevó a la otra y el caso es que Marta se levantó de suelo en mitad de la penumbra del fondo de un pozo. No se había hecho mucho daño. Se había raspado un poco las rodillas y tenía algunos arañazos en la cara. Pero poca cosa. Después de sacudirse el polvo pudo ver a su alrededor las paredes húmedas y estrechas del pozo. Piedra basta, grisácea, cubierta de moho verde. Un fondo de tierra apisonada. Mojada y lodosa. Finos regueros de agua surgían de grietas en las paredes de forma caprichosa y formaban un charco en un rincón del pozo. En seguida pudo notar el frescor que había en esa habitación umbría. El sol apenas se intuía a la lejanía. En las alturas, un círculo de azul intenso y brillante parecía llamarla, burlándose.

Marta trató de escalar las pareces. Apretando los dientes intentó agarrarse a cada mínima grieta que pudo encontrar. Se aferró a la basta roca, pegándose todo lo que podía a la pared. Poco a poco, logró arrebatarle un palmo al pozo. Y después otro. Pero sus fuerzas empezaron a agotarse. Sus dedos temblaban y sus manos gritaban. Al final tuvo que desistir. No hubo manera. Solo se había ganado unas manos aun mas magulladas, calambres en sus músculos y pintar ligeramente de granate las paredes.

También intentó gritar. Intentó llamar afuera. Pero nadie respondía. Podía oír su voz retumbando contra las rocas. No se oía ningún otro sonido, más que el ocasional goteo del agua o la brisa paseándose por la boca del pozo. Intentando aguzar el oído para descubrir a alguien que la llamara a Marta le pareció escuchar algo. Se oían murmullos. Creyó que era el viento haciendo de las suyas. Pero no estaba segura. Y es que parecían venir de las paredes. Del suelo. Del mismo pozo. Efectivamente, parecía que algo la llamaba. Al rato esa sensación se difuminó. Marta se encontraba irremediablemente sola en el fondo del pozo. Y aunque no quería admitirlo, sabía que le quedaba mucho tiempo por delante.

No le quedó más remedio que acurrucarse en el fondo y ponerse cómoda. No tenía opción. Más le valía mentalizarse. Tuvo que aceptarlo. Era eso o abandonarse a la desesperanza. No iba a ganar nada destrozándose las manos contra las paredes ni quedándose afónica pidiendo ayuda.

Marta se hizo un hueco en el lado opuesto al charco, donde un lecho de musgo hacía tolerable estar sentada en el suelo. Para comer, pues tenía las empanadillas. Le dejaban un regusto amargo, porque se las tuvo que comer sola, y ninguna de sus amigas pudo probarlas al final. Para quitarse ese mal sabor bebía del agua que se escurría de las paredes. Los vasos de cartón que llevaba para la comida en el lago le vinieron de lujo. El agua sabía amarga. Le dejaba la garganta rasposa. Pero prefería ese amargor a que el sabor de las empanadillas le recordara el mundo que había en el exterior y del que ahora era una exiliada. Al menos sabía que el agua no le iba a faltar. Tuvo suerte, y en una de las paredes de del pozo había un pequeño hueco que descendía a las profundidades y que se transformó en un baño improvisado. Nunca se preguntó hacia donde llevaba ese agujero. Y prefirió no averiguarlo.

Cuando menos lo esperaba, los murmullos volvían y con ellos esa vaga sensación de peligro inminente. Ese algo la hacía volverse intranquila. Sentía que algo la observaba. Se sorprendía girándose rápidamente para intentar sorprender a alguna criatura detrás suya. Se le erizaba el vello y un escalofría recorría su espalda y su cuello. Su pulso y su respiración se aceleraban. Algo se acercaba. Lo sabía. No podía perder tiempo. Si no hacía algo ahora mismo se quedaría atrapada allí para siempre. Lo sabía. Marta se acurrucaba en el suelo y pegaba su espalda a la pared, en un intento por sentirse más segura. Cerraba los ojos y contaba el paso del tiempo. Al final las voces siempre cesaban. El pozo se tranquilizaba y aflojaba sus tenazas. Y con ello Marta podía volver a su aburrida rutina.

Por la noche se encogía en su lecho de musgo y miraba hacia arriba. Hacia el charquito de estrellas que se veía en la lejanía. Algunas noches la luna se pasaba a saludar. Otras veces se pasaba la lluvia, y se veía obligada a apretujarse en un recodo del fondo del pozo para no quedarse empapada. Un día incluso se puso a granizar. El pozo parecía una sala de conciertos improvisada para una banda de xilófonos. Habría sido bastante bello si no tuvieran la mala costumbre de golpearle en la cabeza al final de cada compás.

Marta intentaba ser positiva. Se lo tomaba como una experiencia. ¿Cuantas personas habían vivido en el fondo de un pozo? Tenía su encanto. Era como las cuevas que se habían habitado en multitud de ocasiones a lo largo de la historia. Solo que el pozo era más pequeño que una cueva. Y más húmedo. Y sin la posibilidad de salir. Y encima en contra de su voluntad. Cuanto más lo pensaba menos romántico le parecía. Más que la aventura de vivir en una cueva era la condena de verse encarcelada.

Veía a veces los pájaros posarse en la boca del pozo. La saludaban. A veces tenían conversaciones. Les preguntaba por sus viajes. Les pedía que le trajeran cosas. Se convirtieron en su única conexión con el mundo exterior. Las empanadillas al final se acabaron. Y no se sintió con el valor o la desesperación suficiente como para probar si las setas que crecían ahí abajo eran comestibles. Por suerte los pájaros le dejaban nueces. A veces trozos de pan. Una maravillosa tarde le dejaron una magdalena, un poco pasada. Pero considerando lo que había estado comiendo, era un auténtico lujo. A veces se preguntaba si los pájaros la ayudaban por buena voluntad, o más bien porque les divertía acertarle en la cabeza con lo que le tiraban. Fuera lo que fuera, se callaba los insultos cuando una almendra la despertaba por las mañanas y se alegraba de no tener que alimentarse de musgo y lodo. “¿Y de qué se alimentan los pozos?” se preguntó un día Marta. ¿Del agua que rescataban? ¿De los seres que caían a su interior? Marta siempre había pensado que los pozos no se tenían que alimentar de nada. Los pozos no viven. No sienten. Son solo algo que crean las personas. O algo que aparece por sí solo. Pero le resultaba más difícil seguir pensando lo mismo. Marta estaba casi segura de que ella no se había caído allí sola. Fue el pozo quien la atrapó. Y lo había oído hablar. De un modo extraño, pero le hablaba. Y si algo habla, tiene que pensar. Y si algo piensa tiene que estar vivo. Y por supuesto, también tiene que comer. Marta esperaba poder salir de allí antes de convertirse en la comida de aquel pozo. Aunque se hacía difícil, porque las paredes parecían crecer día a día.

Con el tiempo se acostumbró a pensar en voz alta. El eco de su propia voz la hacía sentirse acompañada. Además, el silencio parecía atraer a los murmullos. Y el ruido además alejaba a la soledad. Para Marta lo peor de estar en el fondo del pozo no era la incomodidad, la estrechez o el no poder salir al exterior. Lo peor era tener que pasar por todo eso y hacerlo alejada de toda su gente. No era solo que se hubiera perdido aquella comida del lago. ¿Cuántas comidas en cuantos lagos podrían haber organizado en todo el tiempo que estuvo en el fondo de ese pozo? Ahora que lo pensaba, parecía llevar vidas enteras allí abajo. Cuando se perdía en esos pensamientos los murmullos parecían volver irremediablemente. Acurrucada en su rincón en el suelo intentaba escucharlos. Intentaba buscarle sentido. Pero nunca sacaba nada en claro. Podía pasarse horas muertas intentando encontrar una respuesta que nunca llegaba. Y al final solo eran horas que se perdían.

Había días que pasaba tumbada. Negándose a hacer nada más que intentar dormir y que el tiempo pasara más deprisa. Viajando a un futuro en el que podría salir de ese pozo. Y así Marta alimentaba al pozo. Con su tiempo. Días y días eran devorados por esa boca hambrienta. Y los murmullos parecían animarse y acallarse a la vez. Así que Marta lo alimentaba una y otra vez. Con tal de que se callara y la dejara tranquila.

Al final el pozo escupió a Marta. Su cuerpo, engarrotado por el aprisionamiento, se encontraba retorcido. Marta se había acostumbrado a la estrechez del fondo del pozo, y los espacios abiertos ahora la agobiaban. Se sorprendía a veces recordando con nostalgia la noches acostadas en el húmedo musgo con añoranza. Aquel pequeño trozo de cielo que podía distinguir en la lejanía. La soledad. La monotonía. La ausencia de todo. La nada. El estar ella sola sin que nada más importara.

El pozo la llamaba. Los murmullos volvían. Marta no sabía cuanto podría acallar el impulso de volver. Ni siquiera si querría hacerlo. Le daba miedo pensar que si regresaba, el pozo no volvería a soltarla jamás. ¿Pero era miedo o era deseo? Marta empezó a dudar de si misma más y más. Claro que no quería volver. Habían sido los peores momentos de su vida. Y sin embargo la tentaban. La intranquilidad crecía en Marta. Empezó a tener miedo de sí misma. Con horror se descubría haciendo planes para volver, pensando en pasar por casualidad por el borde del pozo a ver si todo se repetía de nuevo. Con toda la fortaleza de mente que podía reunir borraba esas ideas de su cabeza. Pero no sabía cuando iba a poder aguantar. Así que una noche decidió ponerle fin. En un principio pensó en una cuerda. Siendo lo bastante gruesa no debería haber problema. Pero se lo pensó de nuevo. Una cuerda se puede cortar, se puede desgastar. Tenía que ser algo definitivo. Una cadena sería lo mejor. Pasaría mucho tiempo hasta que el metal se oxidara o se rompiera. Puso un rollo de gruesas cadenas en la mochila que hace tanto tiempo había llevado empanadillas y un bikini. Emprendió camino al pozo, atravesando de nuevo los campos de flores multicolores. Esta vez las abejas no zumbaban. Al final del camino vio la silueta del pozo delineada por una luna menguante. Marta se quedo parada un par de minutos. Quizás fueran horas. Los dedos se le pusieron blancos de apretar las manos. No le extrañaría que las uñas le hubieran abierto pequeños surcos en las palmas. Con los brazos temblorosos abrió la mochila y sacó la tintineante cadena. Arrastrándola se acercó al pozo. Aseguró la cadena con un grueso candado y lanzó la llave al fondo. Y tras ella lanzó la cadena. La banda de xilófonos dio un último recital y de nuevo cayó el silencio. Miró a boca oscura del pozo con desafío. Esta vez era ella la que se burlaba.

Si alguna vez volvía a caer al fondo, ahora sabía que había un camino de vuelta. Quisiera o no usarla había una salida. El pozo aun podía morderla, podía asustarla, podía matarla. Pero ahora Marta sabía que lo había domesticado y tenía las herramientas para hacerle obedecer.


#maquinadeltiempo #minirelato #terror

[Escrito por Alma]

[01/02/2020] Sin mirar atrás

Este relato en verdad no tiene mucha historia detrás. Lo hice para el curso de escritura allá por 2018. Pero no había ninguna premisa especial, que yo recuerde. Aunque sí que tenía un par de cosas en mente mientras lo hacía.

Algo en lo que suelo poner bastante énfasis en mis textos son sensaciones. Para intentar transmitir qué sienten mis personajes intento hacerlo a través de lo que captan sus sentidos en cada momento. Lo he visto utilizado por otras personas y me parece que es una herramienta bastante poderosa, y que suele servir para ayudar a quien está leyendo a conectar con un relato. Creo que además aporta intensidad al texto. Y aunque a veces eso puede no ser bueno, sobre todo en grandes dosis, en este caso en particular creo que le venía bien.

La segunda cosa que quería plasmar en este relato, es el concepto del horror invisible. De una presencia que se encuentra fuera de escena, pero que es capaz de amenazar y de influir negativamente a las personas que la experimentan. Era un concepto que descubrí en un podcast sobre escritura y que me apetecía poner en práctica. Algo así es lo que aparece en este relato. Espero que lo disfrutes.


El viento sopla a sus espaldas. La lluvia torrencial lo acompaña, empapando sus abrigos ya chorreantes. Sus pies intentan abrirse camino en un océano lodoso. Hundiéndose a cada paso hasta la pantorrilla, sus botas se inundan cada vez más y luchan por continuar en movimiento.

Los pasos de ella, más veloces, intentan imponer su ritmo. Los de él, renqueantes, se esfuerzan en seguirla. A veces ella vuelve la vista atrás, intentando penetrar con la mirada las sombras de un bosque oscurecido por la tempestad y el crepúsculo. A veces él se lleva la mano al costado, intentando frenar el reguero carmesí que están dejando a su espalda. A veces ambos se estremecen. Quizás sea por el soplo helados del vendaval en sus empapadas ropas. Quizás sea porque sus músculos empiezan a desfallecer. Quizás sea por los alaridos desgarradores que parece arrastrar el viento.

Él intenta seguir adelante, con toda la voluntad que le queda. Pero su costado está ardiendo, mientras que por sus venas se deslizan cristales de hielo. Solo se mantiene en movimiento gracias al brazo que apoya sobre ella. La constante cadencia de sus pasos parece haberse grabado a fuego en su delirante consciencia.

Ella siete como el peso de su compañero parece aumentar a cada paso. Su piel quema al tacto, aun bajo la gélida tormenta. Finalmente su corazón se parte cuando él se desploma. Con lágrimas invisibles ella intenta desesperadamente levantarlo. Le da palabras de ánimo y fuerza que ambos saben son totalmente falsas e inútiles. Se miran. La mirada de él le suplica. Ella odia a este condenado mundo, porque sabe que él tiene razón. Sus rostros, marcados de barro, lluvia y lágrimas se encuentran. Se funden en un desesperado abrazo. Sería imposible distinguir donde acaban los sollozos y empiezan los temblores de fiebre, terror y abatimiento.

Ella saca un revolver de su mochila y lo coloca en sus manos. Los ojos de él reflejan primero confusión, luego pánico, y finalmente determinación. Los de ella se cierran, llenos de furia y lágrimas. Incapaz de mirarlo besa sus dedos temblorosos, besa sus labios cubiertos de llagas, y por último su frente ardiente. Los pasos de ella se alejan, uno tras otro. Y mientras lo hace, ruega con todas sus fuerzas para que encuentre el valor necesario antes de que ellos lo encuentren a él.


#maquinadeltiempo #minirelato #terror

[Escrito por Alma]

[30/12/2019] Requiem de un alma en pena

He elegido este relato para inaugurar el blog por un par de razones. La primera, porque muestra más o menos cuál es el estilo general de mis textos. Y la segunda, porque tiene ya bastante tiempo (creo que lo escribí a mediados del 2017), y así puedo no sacar directamente lo “mejor” que tengo, y me da margen para subir un pelín el nivel en el futuro. Leyendo de nuevo este relato me doy cuenta de cuantas cosas hay por mejorar y de todo lo que seguramente hoy en día haría de forma diferente, en muchos aspectos. Pero eso también me da la satisfacción de ver todo lo que he evolucionado en este tiempo, tanto a nivel personal como en la escritura.

Este relato corto nació de un ejercicio del curso de escritura creativa en el que estuve. Consistía en recibir un conjunto de conceptos/palabras que había que incluir en el relato. En mi caso, si no recuerdo mal, las palabras eran “clarinete”, “pistola” y “motel”. Este fue el resultado, espero que lo disfrutes.


La tormenta apretaba y, como siempre, me he olvidado el paraguas. Aunque con el vendaval que hay seguramente no hubiera servido de nada. A lo lejos pueden verse relámpagos, que iluminan fugazmente el cielo encapotado de la oscura tarde de verano. Maldita fuera la hora en la que me dejé la dichosa funda del clarinete. Por su culpa me toca calarme hasta los huesos.

Alguien había dejado abierta la puerta del teatro, con lo que puedo entrar rápidamente y resguardarme de la lluvia. Qué suerte. Aunque cuando recupero el aliento que había perdido al correr desde la parada del metro, caigo en la cuenta de que era extraño que alguien estuviera en el teatro un sábado. Quizás, como yo, se había dejado olvidada alguna cosa. Al estar todas las luces apagadas pienso que lo más seguro es que ya se hubiera marchado. A tientas, con la escasa luz que alumbra la pantalla de su móvil, busco la caja que contiene los interruptores de la luz y activo la palanca que encendía las luces del patio de butacas. Salta un fogonazo, sobresaltándome. Una descarga recorre mi mano y la aparto, dolorido. Lanzo un improperio. “La jodida tormenta ha debido de fastidiar la instalación eléctrica”, pienso mientras la froto, entumecida por el chispazo. Lo mejor será que coja la funda y me largue cuanto antes. Si no recuerdo mal, la funda debería de estar en el vestuario. A oscuras y a tientas me dirijo hacía allí, sirviéndome de la exigua iluminación de mi teléfono.

El temporal sigue arreciando. Puedo oír como la lluvia cae con fuerza. Algún ocasional trueno rompe el runrún del aguacero y el silbido del viento. A medida que me acerco al pasillo que conduce a la parte posterior del escenario empiezo a distinguir un sonido, antes camuflado por el chaparrón. Una voz, un leve murmullo. Con curiosidad, me dispongo a saludar y a preguntar quien hay ahí. Pero antes de que salgan las palabras de mi boca tropiezo. Hay algo tirado en el suelo. Al dirigir del fulgor de mi móvil sobre el bulto del suelo me doy cuenta de que no es algo, si no alguien.

“¡Carla!”, digo en un susurro antes de poder remediarlo. Ciertamente es Carla, la bailarina principal de la obra. Yace bocabajo sobre el suelo, en medio de un pequeño lago de color escarlata. Sus cabellos rubios se encuentran desperdigados como un halo en torno a su pálida cara. Sus ojos azules desorbitados, congelados en una expresión de terror, se dirigen hacia la salida mientras uno de sus delgados brazos se extiende hacia delante. De una pequeña herida su espalda desnuda brota todavía un leve reguero de sangre.

Me arrodillo junto a ella, y con mis temblorosas manos intento ver si responde o respira. Nada. Me levanto torpemente, las piernas casi no me sostienen. En corazón me late violentamente en el pecho. Mi móvil decide entonces que su batería ha aguantado demasiado y se apaga con un zumbido que a mí me resulta atronador.

Aterrado y en la oscuridad me doy cuenta de que el murmullo que antes oía se escucha más claramente. Son sollozos. Miro a los vestuarios; de donde parecen provenir y veo una luz tenue. La lógica y mi instinto de supervivencia me instan a salir corriendo sin mirar atrás. Y sin embargo no lo hago. La persona que esté llorando podría necesitar ayuda. La mirada de Carla se me ha quedado grabada aunque ahora no puedo verla. El olor metálico me marea, me nubla el juicio. Lentamente me muevo hacia la luz. Intento calmar mi respiración entrecortada, que ahora mismo a mis oídos suena como un fuelle desbocado. A duras penas lo consigo.

Al llegar a la puerta del vestuario me detengo, y cuando logro reunir el valor suficiente miro al interior con cautela. El corazón se me detiene. Algunas velas que alguien ha colocado sobre las taquillas iluminan una escena macabra. El cuerpo de un hombre desnudo y sin vida en mitad de la sala, con otra herida en el pecho por la que se le han escapado también las últimas bocanadas de vida. Mientras tanto, a su lado, una chica se encuentra agazapada llorando. Ella se cubre la cara con unas manos cubiertas de sangre, una pistola descansa a sus pies. Su cuerpo se estremece con cada sollozo. El cabello largo y castaño le cae sobre la cara y las manos, también manchado de sangre. De repente, antes de que pueda dar un paso, aparta las manos de su cara. Una cara pálida como la leche salvo donde está cubierta de sangre y lágrimas. Me mira. Veo unos ojos negros llenos de dolor. Y también de rabia. El rencor que emana de esos pozos de odio me empuja hacia atrás, casi como una fuerza física. Sus manos se mueven frenéticas, agarran la pistola y la apuntan hacia mí.

–Érica, ¿qué has hecho? –susurro, más para mí que para ella.

–¡¿Qué haces aquí?! –chilla ella.

Una sensación total irrealidad me embarga. Esto no puede estar pasando. ¿Érica? Imposible. La titilante luz de las velas, la visión de los dos cuerpos sin vida. Tiene que ser un sueño, no hay otra explicación.

–¡Fausto, responde! ¡¿Qué haces aquí?! –chilla ella de nuevo.

Casi ni lo recuerdo. ¿A qué había venido? Lo veo apoyado contra mi taquilla y me vuelve a la mente.

–Mi funda, se me olvidó –digo de forma casi inaudible, señalando vagamente en dirección a mi taquilla.

Ella aparta la vista de forma fugaz para mirar donde indico, la pistola todavía encañonada hacía mí. Me mira, de repente se echa a reír. Carcajadas histéricas salen de su boca. Con la cara manchada de sangre, lágrimas brotando de nuevo de sus ojos, tirada en el suelo al lado de un cuerpo sin vida. Riéndose. Sus risas no tardan en convertirse de nuevo en llanto.

–Me obligaron… ha sido su culpa… –consigue articular entre sollozos.

Parece que intenta convencerse a sí misma más que convencerme a mí. Su mirada se me clava, como suplicándome comprensión. Y sin previo aviso la rabia vuelve a endurecer su expresión.

–¡Todo es culpa de esa maldita furcia! ¡Maldigo su existencia! ¡El papel principal era mío, Cris, me lo prometiste! ¡Me lo prometiste! –chilla, girándose hacia el cuerpo inerte del hombre y zarandeándole.

Ahora caigo en que la persona que yace sin vida en mitad de los vestuarios es Cristofer, el director de la obra donde yo toco su clarinete y Carla bailaba. El mismo que hacía varias semanas había declarado que Carla tendría el papel principal, con lo que Érica se había quedado sin puesto. Esto aclaraba un poco la macabra situación. Pero aún así…

–Yo te quise como nunca ella pudo haberte querido, Cris, bailé hora y horas para ti. Me dijiste que era la mejor de todas, que era la mejor que nunca habías visto… –su voz ahora suave, casi dulce–. ¡Mentiroso! ¡Puto cerdo mentiroso!

Empieza a golpear el pecho y la cara inmóviles de Cristofer. El cuerpo se tambalea como un muñeco de trapo. Con la espalda vuelta hacía mí, casi parece que se ha olvidado de que estoy en la habitación.

–¡Seguro que me decías esas mentiras a la cara y luego te ibas a tirarte a esa puta en el sucio motel al que me antes me llevaste a mí! ¡Jodido mentiroso! ¡Vuestra es la culpa y solo vuestra!

Al cabo de unos segundos, se vuelve de nuevo hacía mí. La cara inundada en lágrimas, que casi han borrado el rastro de las manchas de sangre.

–Fausto, al igual que tú, me dejé hace una semana la mochila tras los ensayos, y tuve que venir un sábado –su voz, ahora poco más que un débil susurro, se quebraba a cada palabra–. Ellos no me vieron, pero yo sí que los vi. Y los oí. No pude creerlo. No quise creerlo. Me dije que no podía ser. Me dije que volvería el próximo sábado a comprobarlo. Tenía que haber sido un sueño. Una pesadilla. Pero no. No lo ha sido.

Su boca re repente se tornó en una sonrisa torcida, malévola. Su cara cambia completamente, doy un paso hacia atrás espantado por la expresión de crueldad de su rostro.

–Si hubieras oído la cantidad de excusas que soltaron cuando vieron a mi amiguita–, dice con voz casi tierna mientras acaricia grotescamente la pistola–. Pero yo ya estaba harta de sus mentiras. Le dije que se largara, que no tenía nada contra ella. Y la muy estúpida se lo creyó. La muy cabrona creía que podía escapar. Seguro que no le hizo gracia que le mintieran. Ahora ya sabes lo que se siente cuando te rompen el corazón, puta asquerosa.

Nuevamente suelta una carcajada, que hace que otro escalofrío me recorra el cuerpo. Pienso en escapar, aunque con las piernas atenazadas de miedo poco puedo hacer. Me viene a la cabeza la imagen de Carla. Su cara aterrorizada, tirada en mitad del pasillo, y pienso que no me apetece reunirme con ella. Aunque a este paso me temo que si no acabo como Carla acabaré como Cristofer. Veo que su mirada vuelve a estar perdida

–Yo solo quería bailar, Fausto… El baile era todo para mí. Pero en algún momento perdí el juicio, y el baile y él se convirtieron en la misma cosa. Quería bailar para poder verle y quería verle para poder bailar. No cometas nunca mis mismos errores, Fausto. No dejes que nadie te arrebate tus pasiones. Y es que, cuando esos dos me arrebataron lo que yo más quería, ¿qué esperaban? Siempre me han enseñado que el trabajo tiene su recompensa, Fausto, y que el pecado tiene su castigo. ¿Mi trabajo al final se iba a quedar en nada? ¿Sus pecados iban a quedar impunes? No podía permitirlo. Ellos solos se lo han buscado. Ellos solos… –Su mirada vuelve a dirigirse a mí, se me clava, nuevamente suplicante. Sus manos, temblorosas, bajan la pistola y se quedan descansando en su regazo–. Tú me comprendes, ¿verdad…? Claro que sí, cualquiera vería que lo que he hecho… que lo que he hecho…

Sus ojos, ahora desorbitados, se dirigen hacia la pistola que descansa junto a sus manos en su regazo, y después al cuerpo de Cristofer. Levanta de nuevo las manos y se cubre la boca con ellas.

–Lo siento, Fausto, lo siento. Oh, dios, lo siento muchísimo… –su voz, ahora distraída y llena de angustia, parecía que no se dirigiera a mí. Sus ojos ciertamente no lo hacen–. Disculpa, perdón por que hayas tenido que ser testigo de esto, Fausto. Por favor, vete. Déjame sola. Vete, necesito estar sola.

Lentamente doy un paso atrás. Ella ni se inmuta, y se tumba poco a poco junto a Cristofer y lo abraza. Doy otro paso atrás. Ella ahora está susurrando algo que ya no alcanzo a oír. Una vez en el pasillo empiezo a caminar, nuevamente tanteando con las manos por las paredes. Intento hacer el mínimo ruido posible, con el oído atento a cualquier sonido que pudiera venir de los vestidores. Al pasar junto a Carla el estómago se me retuerce. Necesito salir de aquí, necesito aire. Acelero el paso, ya casi corriendo. Nada se escucha desde el vestidor. Solo se oye el murmullo de la tormenta, que todavía continúa. Tropiezo varias veces, pero ya no me importa. Toda mi voluntad está en salir de ese inmundo teatro. Al alcanzar la puerta de salida el sonido de un estruendo sacude mi cuerpo. Creo que es un trueno, aunque no puedo estar seguro.


#maquinadeltiempo #ejercicio #minirelato #terror

[Escrito por Alma]