Siete fragmentos

ejercicio

[19/02/2020] Son multitud, soy multitud

Hace nada encontré un grupo de gente que se reúne cada mes para poner en común cosas que han estado escribiendo. En cada reunión dan un concepto sobre el que se puede escribir durante el mes, y quien quiera puede compartirlo en la siguiente reunión. Aparte, también se puede compartir otra composición de tema libre. Esto yo lo conocía como micrófono abierto, y es una de las cosas que más he echado de menos desde que me mudé. Y me alegro un montón de poder volver a formar parte de uno. Nunca había llegado a participar activamente, pero siempre que podía iba a escuchar. Me encanta oír lo que escribe otra gente. Me sirve para buscar inspiración, y además me motiva mucho. Me recuerda las cosas que podría conseguir si me esforzara lo suficiente. Algo así pasó con la creación de esta plataforma, que de no ser porque vi otra gente creándose blogs quizás seguiría en el limbo.

Me encanta leer y escuchar cosas de estilos cuanto más diferentes mejor, y los micrófonos abiertos me parece que son perfectos para eso. Te encuentras gente de muy diferente estilo y nivel. Aunque tengo mis estilos predilectos, me parece que picotear un poco de cada uno me hace más bien que mal. Y eso intento. Aunque es cierto que el relato corto en el que parece que me he apalancado favorece bastante más cierto tipo de textos. O, al menos, a mi cabeza le resulta más fácil pensar de ese modo. A veces me fuerzo a escribir textos de otro tipo que no me resultan tan naturales. Pero como mi principal razón para escribir es disfrutar con ello, no suele pasar demasiado.

El concepto que se propuso en el micrófono literario para el mes siguiente era “Red”. Se suelen poner cosas muy abiertas para que cada cual le busque la interpretación que más le guste y salgan textos variados con temáticas interesantes. Mi propuesta es la siguiente, espero que la disfrutes.


No hay nadie más a la vista. Solo yo, el mar y la arena bajo mis pies. ¡Ah! ¡Y el viento! Casi me olvido del viento.

Las olas se acercan a mí tímidamente, ofreciéndome un trozo de océano que no puedo más que aceptar.

Bajo mis manos, diminutos granos de arena se agolpan, sosteniéndolas y queriendo enterrarse en mi piel. Todos y cada uno de ellos me hacen el más minúsculo corte, tomando de mí una infinitésima gota de sangre. La beben con mesura y la hacen suya. A cambio, dejan su marca en mi cuerpo. Cortes que van sumándose, formando un complicado rompecabezas en mi carne. “No me olvides”, parece decir. “Jamás podría”, responden mis entrañas. La arena va fluyendo, algunos granos se van y otros nuevos ocupan su lugar. A mucha de esa arena no la volveré a ver. Mucha ya ha caído, se ha perdido. Y, sin embargo, la recuerdo. Mi sangre viaja en su compañía. Me hicieron partícipe de las corrientes por las que se arrastraron. Me mezclé con otros cuerpos a los que visitaron. Ahora soy parte de arena.

Las olas no me olvidan, y sus caricias hacen que yo no me pueda olvidar de ellas. Una miríada de gotas besan mis dedos, besan mi piel. Me arrastran junto a la marea. Yo bebo de ellas, y ellas beben de mí. Su sal quema en mis heridas, y a veces nuevas gotas asoman por mis ojos cuando el dolor es grande. Me acunan suavemente, conduciéndome por lugares remotos. Con ellas descubro maravillas. Bebo de su sabiduría y crezco a su lado. Lavan mis dudas, cristalizan mi voluntad, se funden conmigo. Ahora soy parte del mar.

Y el viento resuena. Ecos de mi llanto lejano que ya apenas recuerdo. Me abandono a sus brazos. En las caídas me levanta de nuevo, su aliento me acompaña. Susurros, en ocasiones bellos. Otras veces me hablan con furia. Palabras que hieren y que me acaban curtiendo. De sus voces aprendo, con sus voces cambio. Me dan alas para huir, y también para volver. Y gracias al lazo que nos une me hacen libre. La ventisca se hace mía.

Y, cuando llegue el momento, mi cuerpo desaparecerá, y pasará a formar parte de esa playa. Bandada, enjambre y manada. Me uniré a la arena que soportará otros pies y otras manos. Me fundiré con la corriente que acariciará nuevas pieles. Y mi voz se unirá a la melodía que canta en la costa. Y seguiremos aguardando a quienes visiten la playa. Algunas personas quizás sean amigas. Otras no lo serán tanto. Pero de cualquier modo nos ofreceremos a ellas, unidas por el dolor y la necesidad. Y nos haremos inseparables. Vidas entretejidas construyendo un gran manto. Para encontrarlo solo has de seguir la madeja. La brisa, la sal. Solo necesitas un granito de arena.


#ejercicio #maquinadeltiempo #minirelato

[Escrito por Alma]

[31/12/2019] La luz al final del tunel

Este fue el primer relato que hice en el primer curso de escritura que asistí, creo recordar que a principios de 2017. También sería uno de los pocos de estilo ciencia ficción que haré hasta el momento. Al igual que el primer relato que puse, también nace de un ejercicio del curso. En este ejercicio en particular se nos pedía escribir un texto con narrador omnisciente, y también se nos daban algunas pautas aleatorias. Cada integrante del grupo tuvo que escribir elementos que pudieran encajar en el Qué, Quién, Cuándo y Dónde de la historia. En mi caso estos serían:

-Qué: El cielo se ha vuelto púrpura.

-Quién: El presidente de Japón.

-Cuándo: El siglo XXX.

-Dónde: En las nubes.

A partir de esas directrices se me ocurrió que al relato le pegaría ser de ciencia ficción (siendo en Japón, en el futuro y tal). Desde el principio me pareció que lo que salió de ahí era bastante denso, con mucho diálogo y demasiados nombres (que, por cierto, tienen el orden de nombre y apellido occidentalizado) para lo breve del texto. Precisamente algo que suelo criticar de la ciencia ficción. Aunque sí que procuré no recurrir a algo que tampoco me ha gustado nunca de ese estilo, que es intentar buscar una explicación científica a fenómenos que no la tienen.

Como me pasa cada vez que vuelvo a un relato que escribí hace tiempo, me parece encontrarle muchos fallos y le cambiaría mil cosas. Pero, sinceramente, creo que lo mejor es dejarlo como está. Está bien ser consciente de dónde se viene y ver el progreso y la evolución que ha habido a lo largo del tiempo. Hace que te sientas bien, y además te da perspectiva. Lo que salió de aquella mezcla es lo siquiente. Espero que lo disfrutes, dentro de lo humanamente posible.


Naota Tsurumaki se encontraba mirando por el gran ventanal de espaldas a la sala de reuniones. Los últimos miembros que esperaban para la reunión estaban llegando, pero él no los había escuchado. Se encontraba ensimismado con la vista. Abajo podía ver las nubes, flotando casi mágicamente sobre tierras y océanos. Algo más arriba alcanzaba a vislumbrar el oscuro y vasto universo. La Tierra parecía tan pequeña desde aquí arriba…

Ahora mismo la Estación de Gobierno Nacional estaba sobrevolando Asia así que podía ver como diferentes ciudades asiáticas empezaban a iluminarse ya que, si no recordaba mal, deberían de ser cerca de las nueve de la noche. Japón le parecía sumamente pequeña. Débil. No obstante, Naota siempre se había sentido orgulloso de haber nacido en ese país. Uno de los días más felices de su vida lo vivió hace escaso año y medio, cuando fue elegido para liderar esa nación hacia lo que el esperaba que sería un futuro prometedor. Ahora mismo, sin embargo, su país dependía de él para afrontar el misterioso problema que ahora encaraban y no podía defraudar a todos los que habían puesto en él su confianza. No había tiempo que perder porque quizás cada minuto fuera esencial. Inspiró profundamente e intentó relajarse para lo que tenía por seguro que sería una reunión larga y tensa.

Lo normal era que los momentos que pasaba observando la Tierra desde el ventanal le ayudaran a tranquilizarse, pero en esta ocasión el efecto era el contrario. Y es que la vista nunca se había encontrado teñida por esa misteriosa “luz púrpura” que había surgido de la nada hace 6 días y que lo inundaba completamente todo. De la noche a la mañana la total superficie terrestre se había encontrado sumergida en una luz parecida a lo que sería una aurora boreal. Nada se escapaba. Tanto las minas más profundas, como la cimas más altas se encontraban bañadas en ella. Incluso el fondo del océano según las últimas informaciones. La luz lo inundaba todo. Solo a partir de seis mil seiscientos sesenta metros la luz se desvanecía. Y nadie tenía la menor idea de su origen. Así que allí estaban ellos, los miembros del comité de crisis, listos para buscar la razón y la solución.

Una voz junto a su oído le sacó de su ensimismamiento:

–Señor, ya ha llegado el último miembro del consejo. Cuando quiera podemos comenzar –le susurró el ministro del interior y organizador del comité de crisis.

–Por supuesto‒ contestó el presidente Tsuromaki, al que le costaba dejar de observar la misteriosa luminiscencia.

Se volvió hacia el resto del comité, intentando olvidar la imagen de Japón inundado en un mar violeta. Tras asegurarse de que la visión quedaba oscurecida al poner el cristal en modo opaco comenzó la reunión. Completaron los saludos y formalidades primero, ya todos sentados en torno a la mesa circular. Y es que la cortesía y la corrección estaban siempre primero, aunque se tratara de un asunto de seguridad nacional. Después de ese breve intercambio de palabras, indicó a la directora del consejo de Ciencia y Tecnología que procediera a la lectura de su informe. Konata Koizumi, con la seguridad propia de la que se sabe capaz de enfrentarse a cualquier situación menos a una reunión con las personas más influyentes del planeta, se aclaró la voz y se dirigió al resto:

–Se han realizado cuantiosos análisis por parte de los cinco millones de nanobots atmosféricos, y la composición actual del aire es idéntica a la de antes del incidente, y no ha habido ninguna incidencia fuera de lo usual en los dos años anteriores.

–¿Tampoco dieron ninguna señal después de la última erupción del Fuji del pasado otoño?–, preguntó Hideki Fukui, ministro de Urbanismo y Astrorquitectura, un deje de incredulidad intuyéndose en su voz.

–Las desviaciones finales fueron mínima–, contestó la consejera Koizumi con cierta exasperación–. Las estaciones de nanobots de filtrado capturaron mas del 99% de las impurezas que se liberaron al aire. Hay pocos acontecimientos naturales que sean capaces de producir un fenómeno que los nanobots de filtrado no sean capaces de neutralizar, además son capaces de hacerlo con tal celeridad que ninguno de los habitantes llegaría a percatarse de que se ha producido ninguna…

–Todos nos sentimos muy orgullosos de los nanobots diseñados por su equipo señora Koizumi– interrumpió el presidente Tsuromaki. El entusiasmo de la consejera Koizumi le resultaba muy revitalizante, pero sabía que si no la interrumpía podían tirarse toda la noche escuchándola hablar de las bondades de sus nanobots, y el tiempo apremiaba–. Por favor continúe con el informe.

–De…de acuerdo, señor presidente, por supuesto–, respondió ella, notablemente azorada–. Hemos analizado la llamada “luz púrpura” en diferentes localizaciones y para todas los resultados han sido idénticos. La radiación se encuentra en su totalidad en el rango luminoso y presenta una longitud de onda de 424 nanómetros, por lo que debería ser totalmente inocua. Mantiene un flujo variable y no hay una dirección privilegiada, por lo que no se puede establecer un foco de origen. De todos modos, dados los límites tan arbitrarios, puede darse por hecho que la fuente de esa “luz” no proviene de nuestra dimensión.

–¿Está usted completamente segura, señora Koizumi? ¿No existe nada que pudiera estar produciéndolo de forma natural o artificial en nuestra dimensión? – preguntó el presidente Tsuromaki, al que un escalofrío le recorrió poco a poco la espalda.

–Absolutamente, señor presidente, los indicios son incuestinables.

–De acuerdo, muchas gracias– le contestó el presidente con una sonrisa cordial aunque algo tensa–. Lo que nos lleva al siguiente informe ¿Qué tiene que decir el ministerio de Relaciones Transdimensionales sobre esta afirmación, ministro Hitsakawa?

–Me he reunido con nuestros homólogos en las veinte dimensiones más cercanas a la nuestra y ninguna de ellas tenía constancia de que estuviera sucediendo algo inusual –contestó Itsuki Hitsakawa, cuyas ojeras y tono de voz eran los propios del que no hubiera dormido bien en muchos días. –He viajado de urgencia a todas las tierras que tuvieran una remota conexión causal con la nuestra y he mandado enviados oficiales a muchas otras más. En ninguna de ellas sucedía nada similar ni había señal de que pudieran ser el origen del fenómeno.

–Doy por hecho que la situación diplomática con todas ellas es tan buena como siempre– comentó el presidente, que empezaba a sonar ciertamente desesperado por encontrar una respuesta que no fuera la que empezaba a temer.

–Por supuesto, señor presidente. De hecho cada una de ellas nos ha ofrecido todos los medios y colaboración que necesitáramos para afrontar nuestra situación.

El presidente agradeció su esfuerzo y su información y pidió al ministro de Comercio Transplanetario y Relaciones Intersolares para que les diera su informe.

A lo largo de las siguientes 5 horas lo único en claro que sacaron es que, según la ministra Koizumi, si esa luz tuviera una longitud de onda un poco menor se convertiría en rayos ultravioleta. Bromeando, Konata dijo que quizás alguien estaba conspirando para hacer a los habitantes de la Tierra 137 los más morenos del multiverso. Solo se rió ella, aunque los demás sonrieron con solidaridad por su intento de relajar el ambiente. Todos deseaban poder reír despreocupadamente, pero la incertidumbre y la tensión habían hecho ya mella en ellos. Sobre todo en el presidente, aunque el resto no se hacían una idea de cuanto.

Mientras la reunión continuaba, el presidente Tsurumaki pudo sentir como el escalofrío de su espalda iba migrando hacia su estómago, donde pareció convertirse en una gran esquirla de hielo que lo atravesaba. Nadie en esa sala parecía saber tener ni la más remota idea de cual podría ser el origen de la luz ni de como hacerla desaparecer. Pero para Naota lo peor no era eso, lo peor es que quizás hubiera una persona que sí podía tener alguna información. Y le aterraba cuál pudiera ser esa información.

Una vez los miembros del consejo acordaron en reunirse al cabo de tres días y todos se translocalizaron a sus correspondientes ciudades, Naota activó el modo translúcido de la ventana y volvió a observar como el fulgor púrpura envolvía todo su planeta. Deseó poder ignorarlo. Deseó que desapareciera tan misteriosamente como había venido. Cerró con fuerza los ojos. Los abrió. El violeta seguía. Dió un largo suspiro y se dispuso a llamar a Nanami Oshiro, jefa del ministerio de Comunicaciones Espectrales.

Desde que fuera descubierto en 2977 de forma accidental por los ingenieros de transporte alternodimensional, el Flujo de Comunicación con Consciencias Liberadas o FCCL había sido apartado con discreción de la atención pública. En un principio sus descubridores pensaron que habían dado con una nueva dimensión no contemplada en los manuales. Pero poco a poco se dieron cuenta que lo que habían encontrado era mucho más extraordinario. Se dieron cuenta que, antes de intentar ellos establecer comunicación, ya había alguien intentando establecer contacto desde allí. De hecho, se sorprendieron cuando descubrieron que ya había numerosas conexiones establecidas por toda la superficie del planeta, y cuya fecha de inicio era casi tan antiguas como la humanidad misma. No pasó mucho tiempo hasta que decidieron admitir la inquietante realidad. Habían establecido contacto con las almas del planeta. De alguna forma en ese “lugar” moraban todas consciencias, que existieron, existen y existirán. Y esas consciencias estaban ansiosas por comunicarse.

Se decidió entonces crear el Ministerio de Comunicaciones Espectrales, que se encargaría de usar y perfeccionar el FCCL, todo ello lejos de la atención pública. Nanami Oshiro era la séptima directora con la que había contado el ministerio, y la segunda que había enfrentado con éxito un problema real de seguridad pública. Hace tres años consiguió reducir al mínimo los efectos de la epidemia de virus Xerox 322 al conseguir descifrar la comunicación de la futura consciencia liberada de uno de los trabajadores del centro de investigaciones biológicas donde la cepa se originó. Ese había sido el gran triunfo personal y profesional de Nanami. Ahora se enfrentaba al que sería su mayor fracaso. Al llegar, el presidente no le dio tiempo ni de que tomara asiento:

–Ministra Oshiro, el consejo de Ciencia y Tecnología ha dicho que el fenómeno ha de venir de otra dimensión. Sin embargo Relaciones Interdimensionales dicen que no es ninguna de las conectadas con nosotros. Por favor, dígame que puede aclarar este asunto, y que no es tan preocupante como me temo.

–Señor presidente, ¿ha estado leyendo nuestros últimos informes?

–Por supuesto, ¿por quién me ha tomado? Decían que las comunicaciones eran cada vez menos comunes y los mensajes cada vez más confusos. ¿Qué me quiere decir con eso? Dijisteis que parecía que las conexiones se estaban cortando y que estábamos viendo el final del FCCL.

–Eso creíamos, y parecía cierto… –la voz de la ministra Oshiro se quebraba.

–¿Parecía? ¿Y ahora qué parece?

–Nos hemos dado cuenta de que había varias cosas que no habíamos tenido en cuenta, y cuando hemos conectado todo…

–¿Qué es lo que no habíais tenido en cuenta? –preguntó el presidente de forma acusadora.

–Hace ya tiempo que nos resulta imposible contactar varias veces con la misma consciencia, al principio lo atribuíamos a que era muy improbable. Además, como bien ha dicho, creíamos que las comunicaciones eran menos frecuentes, pero hemos descubierto que no.

–¿Cómo? ¿Pero entonces…? –al presidente Tsurumaki le costaba articular palabra.

–La comunicación se iniciaba, pero no nos llegaba nada. Solo eran canales vacíos. Pensábamos que eran errores de nuestros sistemas, pero no lo eran.

–¿Quiere decir que las consciencias iniciaban una comunicación que luego abandonaban?

–Creemos…creemos que hay “algo” que está cortando esas comunicaciones.

–¿“Algo”? ¿Tienen idea de que podría ser?

–Poco tiempo antes de que nos diéramos cuenta que no podíamos volver a establecer contacto con una consciencia por segunda vez empezamos a recibir cada vez más mensajes confusos. Decían algo acerca de un largo túnel. Y de una luz al final de ese túnel. Creíamos que simplemente hablaban de la muerte. Pero ahora…

–¿Ahora? ¿Ahora qué? ¿Ahora cuándo?

–Ahora…hace una semana. Los mensajes casi habían cesado, pero recibimos unos pocos. Todos extremadamente confusos. Y extremadamente cortos. Todos hablando del túnel. De que el túnel se estaba abriendo, de que huyéramos de la luz. De que estos treinta años habíamos estado caminando hacia ella y de que debíamos darle la espalda y no volver a mirarla nunca.

–Señora Oshiro,…

–Sí, señor presidente. Hay algo en ese lugar. Algo que no quiere que nos comuniquemos con esas consciencias. Algo que empezó a perseguir a las que estuvieron en contacto con nosotros, y que ha empezado su viaje a este mundo. Sospechamos que nuestros intentos de hablar con las consciencias han debilitado la barrera que separa nuestros mundos y que ese ser se está aprovechando de ello.

–¿La luz…?

–Parece ser solo el principio, señor.

–¡Debemos de parar todas las comunicaciones de inmediato!

–Ya está hecho, señor.

–¿No hay nada más que podamos hacer?

–Solo cabe esperar que no sea demasiado tarde.

Y casi lo fue. Casi. Podía ya sentir el calor de ese mundo. Todas sus mentes. Sus consciencias. Tan vivas y enérgicas. Pero esta vez fueron demasiado precavidos. Aunque siempre habría una próxima vez. Algo que le sobraba era paciencia. Sabía que era inevitable, un día la curiosidad sería más fuerte que la desconfianza. El túnel estaba casi completo. Y la luz se acercaba. Inexorable.


#cifi #ejercicio #fantasía #maquinadeltiempo #minirelato

[Escrito por Alma]

[30/12/2019] Requiem de un alma en pena

He elegido este relato para inaugurar el blog por un par de razones. La primera, porque muestra más o menos cuál es el estilo general de mis textos. Y la segunda, porque tiene ya bastante tiempo (creo que lo escribí a mediados del 2017), y así puedo no sacar directamente lo “mejor” que tengo, y me da margen para subir un pelín el nivel en el futuro. Leyendo de nuevo este relato me doy cuenta de cuantas cosas hay por mejorar y de todo lo que seguramente hoy en día haría de forma diferente, en muchos aspectos. Pero eso también me da la satisfacción de ver todo lo que he evolucionado en este tiempo, tanto a nivel personal como en la escritura.

Este relato corto nació de un ejercicio del curso de escritura creativa en el que estuve. Consistía en recibir un conjunto de conceptos/palabras que había que incluir en el relato. En mi caso, si no recuerdo mal, las palabras eran “clarinete”, “pistola” y “motel”. Este fue el resultado, espero que lo disfrutes.


La tormenta apretaba y, como siempre, me he olvidado el paraguas. Aunque con el vendaval que hay seguramente no hubiera servido de nada. A lo lejos pueden verse relámpagos, que iluminan fugazmente el cielo encapotado de la oscura tarde de verano. Maldita fuera la hora en la que me dejé la dichosa funda del clarinete. Por su culpa me toca calarme hasta los huesos.

Alguien había dejado abierta la puerta del teatro, con lo que puedo entrar rápidamente y resguardarme de la lluvia. Qué suerte. Aunque cuando recupero el aliento que había perdido al correr desde la parada del metro, caigo en la cuenta de que era extraño que alguien estuviera en el teatro un sábado. Quizás, como yo, se había dejado olvidada alguna cosa. Al estar todas las luces apagadas pienso que lo más seguro es que ya se hubiera marchado. A tientas, con la escasa luz que alumbra la pantalla de su móvil, busco la caja que contiene los interruptores de la luz y activo la palanca que encendía las luces del patio de butacas. Salta un fogonazo, sobresaltándome. Una descarga recorre mi mano y la aparto, dolorido. Lanzo un improperio. “La jodida tormenta ha debido de fastidiar la instalación eléctrica”, pienso mientras la froto, entumecida por el chispazo. Lo mejor será que coja la funda y me largue cuanto antes. Si no recuerdo mal, la funda debería de estar en el vestuario. A oscuras y a tientas me dirijo hacía allí, sirviéndome de la exigua iluminación de mi teléfono.

El temporal sigue arreciando. Puedo oír como la lluvia cae con fuerza. Algún ocasional trueno rompe el runrún del aguacero y el silbido del viento. A medida que me acerco al pasillo que conduce a la parte posterior del escenario empiezo a distinguir un sonido, antes camuflado por el chaparrón. Una voz, un leve murmullo. Con curiosidad, me dispongo a saludar y a preguntar quien hay ahí. Pero antes de que salgan las palabras de mi boca tropiezo. Hay algo tirado en el suelo. Al dirigir del fulgor de mi móvil sobre el bulto del suelo me doy cuenta de que no es algo, si no alguien.

“¡Carla!”, digo en un susurro antes de poder remediarlo. Ciertamente es Carla, la bailarina principal de la obra. Yace bocabajo sobre el suelo, en medio de un pequeño lago de color escarlata. Sus cabellos rubios se encuentran desperdigados como un halo en torno a su pálida cara. Sus ojos azules desorbitados, congelados en una expresión de terror, se dirigen hacia la salida mientras uno de sus delgados brazos se extiende hacia delante. De una pequeña herida su espalda desnuda brota todavía un leve reguero de sangre.

Me arrodillo junto a ella, y con mis temblorosas manos intento ver si responde o respira. Nada. Me levanto torpemente, las piernas casi no me sostienen. En corazón me late violentamente en el pecho. Mi móvil decide entonces que su batería ha aguantado demasiado y se apaga con un zumbido que a mí me resulta atronador.

Aterrado y en la oscuridad me doy cuenta de que el murmullo que antes oía se escucha más claramente. Son sollozos. Miro a los vestuarios; de donde parecen provenir y veo una luz tenue. La lógica y mi instinto de supervivencia me instan a salir corriendo sin mirar atrás. Y sin embargo no lo hago. La persona que esté llorando podría necesitar ayuda. La mirada de Carla se me ha quedado grabada aunque ahora no puedo verla. El olor metálico me marea, me nubla el juicio. Lentamente me muevo hacia la luz. Intento calmar mi respiración entrecortada, que ahora mismo a mis oídos suena como un fuelle desbocado. A duras penas lo consigo.

Al llegar a la puerta del vestuario me detengo, y cuando logro reunir el valor suficiente miro al interior con cautela. El corazón se me detiene. Algunas velas que alguien ha colocado sobre las taquillas iluminan una escena macabra. El cuerpo de un hombre desnudo y sin vida en mitad de la sala, con otra herida en el pecho por la que se le han escapado también las últimas bocanadas de vida. Mientras tanto, a su lado, una chica se encuentra agazapada llorando. Ella se cubre la cara con unas manos cubiertas de sangre, una pistola descansa a sus pies. Su cuerpo se estremece con cada sollozo. El cabello largo y castaño le cae sobre la cara y las manos, también manchado de sangre. De repente, antes de que pueda dar un paso, aparta las manos de su cara. Una cara pálida como la leche salvo donde está cubierta de sangre y lágrimas. Me mira. Veo unos ojos negros llenos de dolor. Y también de rabia. El rencor que emana de esos pozos de odio me empuja hacia atrás, casi como una fuerza física. Sus manos se mueven frenéticas, agarran la pistola y la apuntan hacia mí.

–Érica, ¿qué has hecho? –susurro, más para mí que para ella.

–¡¿Qué haces aquí?! –chilla ella.

Una sensación total irrealidad me embarga. Esto no puede estar pasando. ¿Érica? Imposible. La titilante luz de las velas, la visión de los dos cuerpos sin vida. Tiene que ser un sueño, no hay otra explicación.

–¡Fausto, responde! ¡¿Qué haces aquí?! –chilla ella de nuevo.

Casi ni lo recuerdo. ¿A qué había venido? Lo veo apoyado contra mi taquilla y me vuelve a la mente.

–Mi funda, se me olvidó –digo de forma casi inaudible, señalando vagamente en dirección a mi taquilla.

Ella aparta la vista de forma fugaz para mirar donde indico, la pistola todavía encañonada hacía mí. Me mira, de repente se echa a reír. Carcajadas histéricas salen de su boca. Con la cara manchada de sangre, lágrimas brotando de nuevo de sus ojos, tirada en el suelo al lado de un cuerpo sin vida. Riéndose. Sus risas no tardan en convertirse de nuevo en llanto.

–Me obligaron… ha sido su culpa… –consigue articular entre sollozos.

Parece que intenta convencerse a sí misma más que convencerme a mí. Su mirada se me clava, como suplicándome comprensión. Y sin previo aviso la rabia vuelve a endurecer su expresión.

–¡Todo es culpa de esa maldita furcia! ¡Maldigo su existencia! ¡El papel principal era mío, Cris, me lo prometiste! ¡Me lo prometiste! –chilla, girándose hacia el cuerpo inerte del hombre y zarandeándole.

Ahora caigo en que la persona que yace sin vida en mitad de los vestuarios es Cristofer, el director de la obra donde yo toco su clarinete y Carla bailaba. El mismo que hacía varias semanas había declarado que Carla tendría el papel principal, con lo que Érica se había quedado sin puesto. Esto aclaraba un poco la macabra situación. Pero aún así…

–Yo te quise como nunca ella pudo haberte querido, Cris, bailé hora y horas para ti. Me dijiste que era la mejor de todas, que era la mejor que nunca habías visto… –su voz ahora suave, casi dulce–. ¡Mentiroso! ¡Puto cerdo mentiroso!

Empieza a golpear el pecho y la cara inmóviles de Cristofer. El cuerpo se tambalea como un muñeco de trapo. Con la espalda vuelta hacía mí, casi parece que se ha olvidado de que estoy en la habitación.

–¡Seguro que me decías esas mentiras a la cara y luego te ibas a tirarte a esa puta en el sucio motel al que me antes me llevaste a mí! ¡Jodido mentiroso! ¡Vuestra es la culpa y solo vuestra!

Al cabo de unos segundos, se vuelve de nuevo hacía mí. La cara inundada en lágrimas, que casi han borrado el rastro de las manchas de sangre.

–Fausto, al igual que tú, me dejé hace una semana la mochila tras los ensayos, y tuve que venir un sábado –su voz, ahora poco más que un débil susurro, se quebraba a cada palabra–. Ellos no me vieron, pero yo sí que los vi. Y los oí. No pude creerlo. No quise creerlo. Me dije que no podía ser. Me dije que volvería el próximo sábado a comprobarlo. Tenía que haber sido un sueño. Una pesadilla. Pero no. No lo ha sido.

Su boca re repente se tornó en una sonrisa torcida, malévola. Su cara cambia completamente, doy un paso hacia atrás espantado por la expresión de crueldad de su rostro.

–Si hubieras oído la cantidad de excusas que soltaron cuando vieron a mi amiguita–, dice con voz casi tierna mientras acaricia grotescamente la pistola–. Pero yo ya estaba harta de sus mentiras. Le dije que se largara, que no tenía nada contra ella. Y la muy estúpida se lo creyó. La muy cabrona creía que podía escapar. Seguro que no le hizo gracia que le mintieran. Ahora ya sabes lo que se siente cuando te rompen el corazón, puta asquerosa.

Nuevamente suelta una carcajada, que hace que otro escalofrío me recorra el cuerpo. Pienso en escapar, aunque con las piernas atenazadas de miedo poco puedo hacer. Me viene a la cabeza la imagen de Carla. Su cara aterrorizada, tirada en mitad del pasillo, y pienso que no me apetece reunirme con ella. Aunque a este paso me temo que si no acabo como Carla acabaré como Cristofer. Veo que su mirada vuelve a estar perdida

–Yo solo quería bailar, Fausto… El baile era todo para mí. Pero en algún momento perdí el juicio, y el baile y él se convirtieron en la misma cosa. Quería bailar para poder verle y quería verle para poder bailar. No cometas nunca mis mismos errores, Fausto. No dejes que nadie te arrebate tus pasiones. Y es que, cuando esos dos me arrebataron lo que yo más quería, ¿qué esperaban? Siempre me han enseñado que el trabajo tiene su recompensa, Fausto, y que el pecado tiene su castigo. ¿Mi trabajo al final se iba a quedar en nada? ¿Sus pecados iban a quedar impunes? No podía permitirlo. Ellos solos se lo han buscado. Ellos solos… –Su mirada vuelve a dirigirse a mí, se me clava, nuevamente suplicante. Sus manos, temblorosas, bajan la pistola y se quedan descansando en su regazo–. Tú me comprendes, ¿verdad…? Claro que sí, cualquiera vería que lo que he hecho… que lo que he hecho…

Sus ojos, ahora desorbitados, se dirigen hacia la pistola que descansa junto a sus manos en su regazo, y después al cuerpo de Cristofer. Levanta de nuevo las manos y se cubre la boca con ellas.

–Lo siento, Fausto, lo siento. Oh, dios, lo siento muchísimo… –su voz, ahora distraída y llena de angustia, parecía que no se dirigiera a mí. Sus ojos ciertamente no lo hacen–. Disculpa, perdón por que hayas tenido que ser testigo de esto, Fausto. Por favor, vete. Déjame sola. Vete, necesito estar sola.

Lentamente doy un paso atrás. Ella ni se inmuta, y se tumba poco a poco junto a Cristofer y lo abraza. Doy otro paso atrás. Ella ahora está susurrando algo que ya no alcanzo a oír. Una vez en el pasillo empiezo a caminar, nuevamente tanteando con las manos por las paredes. Intento hacer el mínimo ruido posible, con el oído atento a cualquier sonido que pudiera venir de los vestidores. Al pasar junto a Carla el estómago se me retuerce. Necesito salir de aquí, necesito aire. Acelero el paso, ya casi corriendo. Nada se escucha desde el vestidor. Solo se oye el murmullo de la tormenta, que todavía continúa. Tropiezo varias veces, pero ya no me importa. Toda mi voluntad está en salir de ese inmundo teatro. Al alcanzar la puerta de salida el sonido de un estruendo sacude mi cuerpo. Creo que es un trueno, aunque no puedo estar seguro.


#maquinadeltiempo #ejercicio #minirelato #terror

[Escrito por Alma]